En este
día, Señor, nos declaramos “buscadores” de ti.
La búsqueda nos define a
fondo
porque la raíz del
discipulado
es esa hambre y esa sed
que se sacia
solamente cuando te
seguimos.
No hay nada más bello que
buscarte a ti.
Como decía el salmista:
“Dice de ti mi corazón:
busca su rostro.
Tu rostro buscaré, Señor,
no me escondas tu rostro” (salmo 27).
La primera vez que tú
abres la boca en el Evangelio,
Tú que eres el Verbo, la
palabra por excelencia,
tu primera palabra como
Verbo es una pregunta:
“¿Qué buscáis? (1,37).
Cuando llega el momento
culminante del evangelio
cuando das tu vida por
nosotros,
el relato de la pasión
toma su impulso de una nueva pregunta:
“¿A quién buscáis?” (18,4.7)
En la mañana de la
resurrección
tu primera palabra como
Señor resucitado
es para interrogar a María
Magdalena
y ayudarle a clarificar
los sentimientos
que llevaba dentro con la
pregunta
“¿A quién buscáis?” (20,15).
Este es el drama
espiritual del Evangelio, Señor,
tu Verbo nos ayuda a
interpretar lo que llevamos dentro
para poder respondernos
con los dones
que nos ofreces con tu
amorosa venida.
Tú, Jesús, eres el buscado
del Evangelio.
Te buscaron los discípulos
de la primera hora
y de ahí en adelante todos
los que se relacionan contigo
se descubrieron buscadores:
- ¿Qué buscaba Natanael en la Biblia,
cuando
lo viste debajo de la higuera escrutando las Escrituras?
- ¿Qué buscaba Nicodemo aquella noche,
cuando
vino discretamente a tu presencia?
- ¿Qué buscaba la Samaritana
cuando
cambiaba de maridos con facilidad?
- ¿Qué buscaba el paralítico
cuando
pasó 38 años al borde de la piscina de Betesda?
- ¿Qué buscaba el mendigo ciego de nacimiento
pidiendo
limosna en la puerta del Templo?
- ¿Qué buscaban Marta y María
cuando
desesperadas te mandaron a llamar?
- ¿Qué buscaban los griegos que subieron a Jerusalén para la fiesta,
cuando
buscaron de padrinos a los discípulos para poder hablar contigo?
- ¿Qué buscaba Pedro
cuando
de muy lanzado te dijo que daría su vida por ti?
- ¿Qué buscaba María en la mañana de la resurrección
cuando
inconteniblemente lloraba junto al sepulcro?
Y todo eso emerge en el evangelio de hoy
cuando tú interpelas al pueblo que te busca
ansiosamente
después de la multiplicación de los panes.
Y yo también te busco, amado Señor,
Pero, ¿Qué busco yo?
¿Qué quiero de ti?
¿Qué espero de mi vida,
de mi vocación, de mi consagración,
de los oficios de cada día en el desgastarme por la
misión?
¿Dónde está mi apoyo, mi paz y mi reposo?
¿Cuáles son mis motivaciones?
¿Por qué todavía estoy contigo?
Concédeme, Señor, este día,
parar un poco para escuchar mi propio corazón
para interpretar mis agitaciones internas
con la luz de tu Palabra,
para tomar conciencia de mis verdaderas motivaciones
y para descubrirte y confesarte a ti
una vez más, como el sentido de mi vida.
Mi reposo eres tú, mi meta eres tú,
el sentido de mi vida eres tú.
En la comunión contigo lo tengo todo.
Cuando tú me dices “Yo soy”,
me dices también “Tú eres”.
Me invitas, me atraes a una alianza contigo,
una aventura de amor que no tendrá fin.
Amén.
(f. o. c.)
(Domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo B)
Jn 6,24-35


