Al servicio de la familia
y la santidad de la vida

viernes, 31 de julio de 2015

UN COLOQUIO CON JESUS

En este día, Señor, nos declaramos “buscadores” de ti.
La búsqueda nos define a fondo
porque la raíz del discipulado
es esa hambre y esa sed que se sacia
solamente cuando te seguimos.

No hay nada más bello que buscarte a ti.
Como decía el salmista:
“Dice de ti mi corazón: busca su rostro.
Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” (salmo 27).

La primera vez que tú abres la boca en el Evangelio,
Tú que eres el Verbo, la palabra por excelencia,
tu primera palabra como Verbo es una pregunta:
“¿Qué buscáis? (1,37).

Cuando llega el momento culminante del evangelio
cuando das tu vida por nosotros,
el relato de la pasión toma su impulso de una nueva pregunta:
“¿A quién buscáis?” (18,4.7)

En la mañana de la resurrección
tu primera palabra como Señor resucitado
es para interrogar a María Magdalena
y ayudarle a clarificar los sentimientos
que llevaba dentro con la pregunta
“¿A quién buscáis?” (20,15).

Este es el drama espiritual del Evangelio, Señor,
tu Verbo nos ayuda a interpretar lo que llevamos dentro
para poder respondernos con los dones
que nos ofreces con tu amorosa venida.

Tú, Jesús, eres el buscado del Evangelio.
Te buscaron los discípulos de la primera hora
y de ahí en adelante todos los que se relacionan contigo
se descubrieron buscadores:
  •   ¿Qué buscaba Natanael en la Biblia,
cuando lo viste debajo de la higuera escrutando las Escrituras?
  •     ¿Qué buscaba Nicodemo aquella noche,
cuando vino discretamente a tu presencia?
  •    ¿Qué buscaba la Samaritana
cuando cambiaba de maridos con facilidad?
  •      ¿Qué buscaba el paralítico
cuando pasó 38 años al borde de la piscina de Betesda?
  • ¿Qué buscaba el mendigo ciego de nacimiento
pidiendo limosna en la puerta del Templo?
  • ¿Qué buscaban Marta y María
cuando desesperadas te mandaron a llamar?
  • ¿Qué buscaban los griegos que subieron a Jerusalén para la fiesta,
cuando buscaron de padrinos a los discípulos para poder hablar contigo?
  • ¿Qué buscaba Pedro
cuando de muy lanzado te dijo que daría su vida por ti?
  • ¿Qué buscaba María en la mañana de la resurrección
cuando inconteniblemente lloraba junto al sepulcro?

Y todo eso emerge en el evangelio de hoy
cuando tú interpelas al pueblo que te busca ansiosamente
después de la multiplicación de los panes.

Y yo también te busco, amado Señor,
Pero, ¿Qué busco yo?
¿Qué quiero de ti?
¿Qué espero de mi vida,
de mi vocación, de mi consagración,
de los oficios de cada día en el desgastarme por la misión?
¿Dónde está mi apoyo, mi paz y mi reposo?
¿Cuáles son mis motivaciones?
¿Por qué todavía estoy contigo?

Concédeme, Señor, este día,
parar un poco para escuchar mi propio corazón
para interpretar mis agitaciones internas
con la luz de tu Palabra,
para tomar conciencia de mis verdaderas motivaciones
y para descubrirte y confesarte a ti
una vez más, como el sentido de mi vida.

Mi reposo eres tú, mi meta eres tú,
el sentido de mi vida eres tú.
En la comunión contigo lo tengo todo.
Cuando tú me dices “Yo soy”, me dices también “Tú eres”.
Me invitas, me atraes a una alianza contigo,
una aventura de amor que no tendrá fin.
Amén.

(f. o. c.)
(Domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo B)
Jn 6,24-35