MARTÍN DE PORRES,
APÓSTOL DE LA MISERICORDIA
La misericordia tiene sus expresiones acabadas en el amor a Dios y al
prójimo. Esa misericordia se hizo concreta en la glorificada vida de sesenta
años de san Martín de Porres, apóstol de la misericordia, como lo recuerda una
de las letanías que se recitan en su honor. Y en esa época no eran menos el
egoísmo y la soberbia inmisericordes de aquellos que viven hoy, en el siglo de
las nuevas tecnologías y de la comunicación digital.
En las Escrituras se recoge la vivencia de san Pablo donde él confiesa: “Fui
tratado con la misericordia” (1Tm 1,16); y Dios derramó el mismo amor de
misericordia en la vida de san Martín, desde su niñez, pasando por su
consagración y en su prolongado servicio de caridad. Pero, a la vez que recibió
misericordia entregó misericordia con sus palabras de aliento, con sus
consejos, con sus curaciones y atenciones a los pobres.
Mirando la admirable obra de misericordia que es san Martín de Porres es
claro lo que debe hacer hoy cada creyente, según el papa Francisco: “La primera
tarea, sobre todo en un momento como el nuestro, lleno de grandes esperanzas y
fuertes contradicciones, es la de introducir a todos en el misterio de la
misericordia de Dios, contemplando el rostro de Cristo” (Misericordiae vultus,
25). Es casi imposible rechazar este llamado.
Como hizo en su momento san Martín de Porres, que expresó la misericordia
en la hospitalidad, hoy todos los hombres y mujeres reciben ese mismo llamado: “Hospitalidad
con el hambriento, con el sediento, con el forastero, con el desnudo, con el
enfermo, con el preso, con el leproso, con el paralítico. Hospitalidad con el
que no piensa como nosotros, con el que no tiene fe o la ha perdido” (Papa
Francisco, Asunción, 12/7/15)
P. Fernando Teseyra, ssp



