Esteban estaba entusiasmadísimo. La
maestra había propuesto hacer una corrección fraterna para intentar solucionar
los problemas en la relación de los integrantes del curso. Cada uno podría
decir los errores que veía en sus compañeros. Los que participaban, debían aceptar
las reglas: no enojarse por lo que le dijeran y pensar la corrección para
intentar modificar su conducta. Como Esteban era muy organizado, hizo una lista
de los defectos de cada uno de sus compañeros. Se sentaron en círculo,
colocaron los nombres de los chicos en una bolsa, y sacaron un papel para ver
por quién comenzaría. La maestra lo leyó: «Esteban».
En ese momento se dio cuenta que cada uno
de sus compañeros había hecho lo mismo que él: una lista de los defectos de los
demás.
Así comenzaron a hablar por turno y él se
quedó perplejo. Uno por uno, le hicieron su “corrección fraterna”. Esteban
enmudeció. Tenía mil pensamientos y sentimientos que se chocaban unos con
otros, pero no le salían las palabras para contestar. ¿Qué derecho tenía
Alfredo de decirle que no le gustaba su corte de pelo? ¿Y por qué Florencia
podía decirle que no le gustaba cómo ser reía? Cuando extrajeron otro nombre,
Esteban sacó su lista y estaba por comenzar a leer lo que había escrito de
Lucía, pero se detuvo. Se puso de pie, rompió el papel y lo tiró a la basura.
Después se sentó y pensó que, en realidad, Lucía tenía que cambiar para ser más
feliz ella, no para que fuera como a él le gustaba.
Los amigos imitaron a Esteban, y la
maestra reconoció que se había cumplido gran parte del objetivo de la dinámica.
Para la reflexión…
¿Qué haces cuando alguien te corrige o te da
un consejo?
¿Cómo te sientes? ¿Lo aceptas? ¿Cómo debemos corregir a otros?



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